La canción de los pinos

pinos

Los jardines del parque

Hoy hemos visitado el cercano parque que existe al lado de mi casa. La mañana era fresca en un principio, pero se adivinaba que el tiempo cambiaría, pues el otoño es un niño caprichoso que juega a su antojo con el juguete del sol, las nubes y el viento.

Había personas mayores celebrando su festividad, todas vestidas igual, como si de un equipo de competición o una representación teatral se tratase. Iban cantando canciones infantiles, con globos, en fila como colegiales que hubieran salido al patio de un colegio.

A pesar de sus años, respiraban aún un espíritu alegre, quizás adormecido por los pesares de la vida, la experiencia de los años y el desgaste físico que impone la edad.

Avanzamos un poco, y más adelante, nos encontramos con otro pequeño desfile, pero ahora de niños y niñas de un colegio, seguramente cercano, que alegremente practicaban deporte, en pequeños grupos, andando rápidamente y corriendo a la voz de su profesor.

A ellos se les veía disfrutar del hermoso día, del parque que respiraba una gran paz, a pesar del bullicio de los chicos y sus incansables risotadas. Ellos no parecían preocupados, estaban simplemente imbuidos en su juego, aunque su maestro gritaba como si sus órdenes fueran látigos de domar leones cautivos. Observamos aquello con gran asombro y vimos el peso de la responsabilidad en sus hombros, la carga que aplastaba la espontaneidad de cualquier niño que estuviera bajo su mirada.

Más tarde cuando ya el sol empezaba a declinar, visitamos otro parque, a poca distancia del anterior.

Estaba situado al lado de unas inmensas y antiguas murallas que sirvieron para proteger la ciudad de los invasores de aquella época. Esta estructura era muy valorada por el historiador y el urbanista, aunque en otras épocas no fue respetada por el gobernante caprichoso y desinformado. La muralla era el límite para aquellos hermosos pinos, que seguramente estuvieran antes que las personas que habitaban esa ciudad.

Los pinos


Cuando uno abraza estos árboles, reconoce la conciencia nonata que es dichosa en sí misma, ausente de la propia existencia, con tal claridad que todo lo construido y destruido por el hombre era insignificante. Seguramente los árboles no serían respetados por los visitantes que pasearán por su lado sin advertir su majestuosa belleza. Ellos no pretenden impresionar, ni compiten como el ser humano para demostrar sus dones, tan sólo sufren cuando son talados o quemados por la violencia indiscriminada de las personas.

El joven está ignorante de este cuadro pictórico y busca sólo refugio en él en las épocas de calor, amontonando desperdicios y botellas de alcohol o papeles y plásticos, que degradan el entorno. Pero el árbol seguirá ofreciendo siempre esa sombra amable en verano y techo en época de lluvias para el transeúnte infortunado que inesperadamente se encuentre sin abrigo del agua.

Ahora, con la ausencia de luz, los chicos y las chicas buscaban siempre el lugar apartado donde encontrar la intimidad que no encuentran con sus padres, dando rienda suelta a su rebeldía, ofreciendo drogas a otros, víctimas de su propia química corporal. Algunas parejas de jóvenes permanecían juntos, probando el juego del amor adolescente, con todas sus reglas, prohibiciones y tentadores actos, perdidos en un guión nuevo donde aprender a vivir sus propias vidas.

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