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El ciprés me lo mostró

El ciprés me lo mostró

El ciprés me lo mostró.

La naturaleza es el templo del Ser. En ella duerme, reposa y rebosa la Vida. Allí el pensamiento limitado del ser humano, que intenta imitarla, no puede siquiera acercarse.

La mente, que es solo un concepto, es la energía dividida y divisiva de la Vida tomando forma a través del objeto-hombre. Es la parte arrancada, estrangulada y siempre anhelante de la perdida Unidad de donde surge. Es como el niño perdido en el bosque, que grita el nombre de su madre, suplicando su presencia, cuando ella siempre supo que se encontraba a su vista, a salvo.

El árbol es esta Conciencia de Niño que no tiene nombre. Él no se reconoce como árbol. Ni se engalana para agradar a otros árboles. Ni tan siquiera compite con su vecino para obtener más lluvia de las nubes generosas.

Si uno lo observa con los cinco sentidos, puede palpar el alma que habita en los objetos. No necesita la palabra para conocer en profundidad el sentimiento-esencia que lo permea. Esto no es cuestión de adiestramiento, ni de educación de los sentidos, sino que es un puro conocer, directamente, sin filtros, aquello que es observado. Tampoco es cuestión de intentarlo, pues el propio esfuerzo, por mínimo que sea, distorsiona la percepción de lo observado alejándolo del presente. Más bien se trata de un juego infantil, amoroso, como cuando descubres por primera vez la hormiga que lleva sobre su cuerpo un sencillo grano de trigo. Simplicidad, falta de interés o ganancia son los ingredientes para descubrir por sí mismo, aquello que es evidente, no auto-creado por el pensamiento. Acercarse con ojos de explorador, curiosos por desentrañar en el aquí y ahora el deleite del espectáculo que se nos presenta por pura diversión.

Cuando uno mira el ciprés que se le presenta en el camino, puede entender su significado oculto para los ojos opacos. Esa energía no contractiva, que no viene de nadie ni de ninguna parte, y que no tiene límites, desvela cuando uno se acerca, la enorme importancia del árbol solitario.

El ciprés no conoce la soledad, pues está ausente de foco.

No sabe que existe.

En este no saber hay una cualidad muy sutil y tremendamente poderosa. Es el mismo poder que a uno lo conduce, no tan solo hacia su presencia, sino que ésta es la Presencia que habita dentro de uno. Uno lo percibe dentro de sí mismo y a la vez fuera, como si naciera de las entrañas del que lo observa y uno mismo desapareciera por completo de escena.

El ciprés da su mensaje a los cuatro vientos. Sin palabras, sin recompensas y sin vanidad.

Su corteza es rugosa como la piel de un elefante. Y su tronco, fino y siempre recto, hunde firme y profundamente sus raíces en la tierra. Esta tierra que es ilusión de la Conciencia y de la que se alimenta para despertar del sueño.

Sus ramas siempre apuntan hacia el cielo. No como otros árboles que ofrecen a ambos lados sus delicados dedos. No es fácil escalar a él, pues sus ramas comienzan más allá de la vista del hombre que desea dominarlo. No ofrece flores, ni frutos comestibles para el hombre. No tiene recompensas materiales que ofrecerte. Pero tiene un regalo para aquel que sabe acercarse a él con una mirada inocente.

El ciprés es seco, de hoja perenne, mostrando con su eterno ropaje su estabilidad en su atuendo. Es como la llama de una vela, que es esta Presencia que es uno, representando en su forma y expresión, el fuego continuo de aquello que permanece. Es la plegaria de manos unidas del devoto anhelante de la visión de Dios. No es casual que se ubique en los camposantos…aunque cualquier campo es por naturaleza santo para el que te escribe.

Es el árbol que representa la muerte. No la del cuerpo, sino la del pensamiento divisivo que esclaviza al sufrimiento.

Porque el que comprende esta Muerte, que es la Real, puede descifrar las palabras ocultas de la Vida. Y es que a esta Vida sólo se accede por la Muerte.

Una Muerte constante que como sombra empuja a la Vida.

Uno siente un inmenso respeto por la Muerte, que presiente y siente mucho más profunda que la Vida.

Es como el rio profundísimo y subterráneo que alimenta el despliegue de lo manifiesto.

Su inmensidad no tiene orillas y puede decirse que ante ello uno no es nada, insignificante, como una mota de polvo flotando en el universo.

Es reverencia ante lo apercibido y que se le presenta como incuestionablemente sagrado.

Hoy me dio este mensaje el ciprés para ti:

Sólo conocerás la Vida, viviéndola plenamente, hundiendo tus raíces tan profundamente como yo. Yo soy la rectitud y la verdadera austeridad. Yo soy la anhelante canción que susurra al oído a quien a mí se acerca. Yo soy el secreto escondido y a la vez abierto. Si no te distraes en mis ramas, yo te llevaré hasta el cielo y más allá, que es también aquí mismo. Y en esta Soledad ya nunca te sentirás solo, ni tampoco aislado. Tú tan solo salta, y en esta confianza, tus alas, que no son brazos, te llevarán muy lejos de la vista de este mundo transitorio…porque ese insignificante ciprés que te habla… Soy Yo.

Y sólo porque él me lo dijo,…, hoy lo comparto contigo.

José María Martínez Gaspar. (Extracto del libro “Caminando hacia el Vacío”, edit. Amazon)

Una mirada inocente

Una mirada inocente

Hoy, siempre es hoy,
el sol era sedoso,
brillaba con la palidez del otoño.

Sentado en un banco
de cualquier parque,
no importa el lugar,
estaba el hombre mayor,
acompañado de otros hombres,
también ancianos.

Estaba la fuente,
con el agua siempre fluyendo.

Estaba la pareja adolescente,
en un rincón aislado,
apresurada para el amor sin freno.

Estaban los árboles,
plantados en su silencio inocente.

Estaban los perros,
jugando alegremente en su libertad vigilada.

Más lejos,
había ruido,
el sonido frío de las máquinas
que excavan en la tierra.

Había objetos con forma humana,
que deambulaban hacia no se sabe dónde.

Había el movimiento,
siempre sin pausa,
de los coches con prisas.

Y estaba la muralla,
que rodeaba al parque,
a la fuente, a los ancianos,
a los perros, a los árboles,
a los coches y a las excavadoras.

Y este parecía el límite de los sentidos.

Pero más acá, sentado en el banco,
había algo sutil e invisible.

Este Silencio que está en otro espacio,
no dentro de las murallas de la mente,
donde existían todos estos objetos
que aparecían a nuestro paso.

Y era Belleza, Inocencia,
que nunca fue tocada por las manos del hombre.

(Curso de MetaConciencia I, inscripciones hasta el 25 de Septiembre.
https://tumayorregalo.es )

Dinero versus espiritualidad.    

Dinero versus espiritualidad.    

Muchas personas se preguntan sobre la relación adecuada que existe entre el mundo de la materia y el mundo espiritual.

La dosis justa que persigue aquel que vive impartiendo conocimientos (cursos), actividades (talleres, seminarios) o retiros de silencio, yoga, meditación, etc.

Es una constante dialéctica que suscita controversias entre los estudiantes y aspirantes que eligen la vía de la auto-superación personal.

Aun sintiendo que esto no es la cuestión central que implica esta controversia, la cual arranca desde la parcial visión del mundo fenoménico, no he querido dejar de tratarla, describirla y aportar mi visión.

¿Por qué y cuánto se supone que debemos aportar como estudiantes a los seminarios y talleres de crecimiento personal?

Esta primera pregunta la dejo entrever más adelante, entre líneas, en mi exposición.

Si partimos del cuanto hay que aportar, he encontrado en mi experiencia y en la de otras personas, que existen varios puntos de vista que pueden resumirse en tres situaciones fundamentales:

  • Que el facilitador del taller no cobre absolutamente nada, pues el conocimiento universal es gratuito.
  • Que el facilitador de la actividad cobre un precio asequible, que le permita cubrir los gastos de desplazamiento, alojamiento y manutención, hasta el punto de destino y su retorno.
  • Que el facilitador cobre un importe, que al igual que en el anterior caso le permita cubrir sus gastos, así como un beneficio que destina generalmente para poder seguir cubriendo sus necesidades materiales cotidianas, y por ende, su actividad como facilitador.

En este contexto de relación, donde sólo aludimos a la cuestión económica, la figura del facilitador se alza como único interlocutor válido en el sistema de elección, no solo del precio del evento, sino también en el diseño y ejecución del curso. Así existe un contrato invisible que liga generalmente ambas partes, las cuales aceptan de buen agrado tanto las condiciones como el discurrir del evento.

Algunas personas sostienen que el ponente debe tener una ocupación desligada de esta clase de eventos, que mantenga sus entradas monetarias y no polucione la interacción energética y espiritual. Esta postura indica de antemano cierta predisposición o juicio de valor sobre el dinero, muy arraigada en estos círculos, donde no se venden objetos físicos que permitan cuantificar visiblemente los resultados obtenidos. “El dinero es algo sucio”, “El mundo se mueve exclusivamente por dinero”, “Dime cuánto vales y te diré quién eres”…y cuestiones similares que obstaculizan realmente la posibilidad de entender que el mal llamado “negocio espiritual” no es una salida para engañar a mentes ingenuas con falsas esperanzas y promesas de realización.

Pero también es cierto que algunos de estos conferenciantes dedican todo su tiempo y energía a tiempo completo a la divulgación de estas enseñanzas, lo cual supone un riesgo que asumen sobre todo si sus recursos materiales son escasos.

Otros no, pues han desarrollado una carrera profesional que les permite viajar y disfrutar de aquello que practican y les apasiona.

Algunos pertenecen a grupos u organizaciones, y como líderes reciben el dinero de sus socios, lo cual garantiza que su mensaje debe estar acondicionado generalmente a un tipo en concreto de patrón de enseñanza, con todas las ventajas e inconvenientes que ello conlleva.

En este juego interactivo, el estudiante también desempeña su papel, tanto en la elección del curso o seminario, sino también en el desarrollo del mismo, lo cual vamos a examinar.

No sólo existe la circunstancia económica por parte del asistente como sistema de elección del evento, sino que múltiples peculiaridades que orbitan dentro del mundo mental, emocional y espiritual de la persona, inclinan la posible asistencia a un determinado evento y a otro de similares características, no.

Entre ellos pueden ser:

  • El propio proceso personal del estudiante en su actualidad, sus circunstancias y expectativas.
  • La sinfonía con la temática que se imparte.
  • La imagen o autoridad que proyecta el conferenciante.
  • La posibilidad o no de fechas libres por parte del asistente.
  • Las opiniones y comentarios conocidos de primera mano, de otras personas que han asistido en alguna ocasión a algún evento de similares características impartidas por el facilitador o por otro.
  • O simplemente un resonar instantáneo del estudiante que catapulta intuitivamente a asistir a ese evento.

Si la cuestión girara única y exclusivamente en la cuestión de precios, se antoja muy difícil encontrar un punto de acuerdo sobre este tema, ya que la honestidad del facilitador se encontrará siempre en entredicho, y sólo aquellas personas que han convivido en forma cercana a él, conocerán de primera mano, el destino y la motivación que mueve al mismo, su estilo de vida, su proceder diario.

Si seguimos tirando del hilo, incluso las opiniones de aquellas personas cercanas pueden estar intoxicadas por el apego, el interés común o tácito con el gurú y cuestiones similares, las cuales son verdades indirectas, que no apuntan al foco real que el estudiante debe perseguir en esta clase de interacciones.

Para mí no existe tal controversia, siempre que el estudiante tenga seriedad, desde el momento en que se asume esta visión única de la realidad, ya que el núcleo del asunto no se plantea.

En este mundo aparente puede haber de todo. Si existiera una visión única del gurú, y me refiero a verlo como un anacoreta, un disidente del sistema social, un irresponsable o un marginal que roza la pobreza y que larga diatribas de chiflado iluminado, nos encontraríamos con un molde, un patrón o herencia, un ideal que coloca al mensajero al borde del abismo, lo cual roza el absurdo de lo que se intenta transmitir.

Si la Vida es abundancia y el mensaje nace desde la Fuente, ¿cómo explicamos esta creencia de que uno debe abandonarse a la Existencia y abrazar el fango de la pobreza? Esta es una interpretación errónea que puede llegar a colarse dentro de la mente de algunos asistentes. “Nada merece la pena”, “El mundo es no existente”, “No hay que hacer nada”, etc… que si bien son expresiones que se emplean para romper ciertos moldes o patrones nocivos del individuo, no por ello implican caminar hacia la inseguridad total.

El cerebro del ser humano necesita de cierta seguridad dentro del ámbito vital, como son la de disponer de casa, ropa, trabajo y comida. Es obvio.

Negar esto es un sinsentido.

Aquí de lo que se trata es de aquellas necesidades básicamente construidas por esta sociedad y que pertenecen al territorio del “yo psicológico”, que empañan el modo de vida natural y ocasionan la mayoría de los problemas, preocupaciones y sufrimientos imaginarios del ser humano.

¿Es acaso el dinero o su falta lo que marca el grado de realización de un ser?

Esto es absurdo, simplemente existe un elenco multicolor de seres que encontraron su despertar en momentos distintos de sus aconteceres cotidianos, donde las circunstancias dispusieron el entorno donde pueden moverse y desarrollar su mensaje.

¿Cómo sabe uno de antemano si el conferenciante está hablando algo que simplemente recita de otros?

Ciñéndome al mundo del Advaita podemos encontrar una amalgama de instructores que enfatizan sobre algunos aspectos de la enseñanza más que en otros. Mensajes más cercanos e incluso más lejanos o impersonales, de los que se podría extraer la conclusión de que la persona es irrelevante en el contexto de la charla. Algunos repiten cuestiones nucleares como la inexistencia de la persona, la no necesidad de búsqueda y la negación de existencia del mundo como entidad separada del observador.

Si nos centráramos en aquello que exponen, la idea de cuestionarse la validez del mensajero como agente de cambio de foco perceptivo, no resultaría apropiada desde la visión del mismo. Pero sí que lo es para el público que asiste a sus charlas, que está en su derecho de preguntar, generalmente, sobre cualquier cuestión abierta por el conferenciante y que incluye la validez o no del mismo.

Todos estos asuntos giran sobre la autoridad del gurú y el personalismo que suele suceder en otras vías indirectas, donde se persiguen técnicas y métodos que perpetúan la idea subrepticia de la existencia de la persona como entidad real. Y existe el gurú, ya que hay personas que asisten a charlas. Y existe autoridad porque aparentemente habla desde una posición vivenciada. Ahora si el gurú no desmonta todo este engranaje mental de personalismo y autoridad en el estudiante que acude a su charla, entonces no está penetrando en un aspecto a mi entender básico de esta vía, que es la no-relación, entendida esta como la función básica y natural de la Conciencia que tú eres.

¿Cómo entonces puede inferir el estudiante la penetración de los conocimientos o status del facilitador cuando hablamos sobre temas como la Conciencia Impersonal?

Es imposible conocerlo de antemano.

Y se me antoja aún más difícil en la denominada Vía Directa que propone el Advaita.

Sólamente probando el plato que ofrece y que nunca probaste.

Es una apuesta arriesgada. Pues sí.

Quizás cierto grado de intuición o sensibilidad, la cual se le presupone al inscrito en estos talleres. Esto supone un filtro importante, y es por esto que se suele decir que esta corriente de investigación del Sí Mismo es para cierta “élite” del mundo espiritual, pues rompe con el concepto siempre activo del denominado “buscador”.

En mi experiencia personal como estudiante he tenido ciertos vislumbres de sintonizar con ese estado que manifiesta la presencia de un gurú. Por un lado, la cesación de toda pregunta o cuestionamiento personal, la ausencia de toda tensión mental, el anclaje en el presente y cierto aroma de coraje, paz y felicidad que inunda la presencia de un ser realizado y que contamina positivamente al estudiante.

Como facilitador puedo expresarlo como “Vender lo invendible”. Eso es en definitiva lo que propone un facilitador honesto.

Sin resultados, ni ganancias.

Sin expectativas. Sólo la osadía y el coraje de practicar aquello que vive como una pasión irrefrenable por la Verdad, por lo desconocido, por lo que no puede ser embotellado, ni reconocido… Lo Inaprensible, y en definitiva y paradójicamente, lo que te libera de los límites de la prisión donde imaginariamente está cautivo la mayoría de la humanidad.

El instructor no vende nada, no es una mercancía del supermercado, simplemente aporta una propuesta de valor que rompe con todo lo conocido y que se ha perdido en la sociedad, la cual es el estudio o investigación de la Fuente del Conocimiento Subjetivo.

Y este “valor” se manifiesta en osadía, convicción y lucidez en la vida práctica del día a día.

¿Y todo ello por qué?

No existe un porqué y tampoco un para qué (¡¡vaya sinsentido!!), sino que aquel que ha reconocido y explorado toda la Conciencia, aquel que ha permitido que la muerte le cuente y le susurre al oído su mensaje, aquel que ha quemado todas las naves para no regresar jamás al territorio del sufrimiento,… siente el anhelo de compartir de forma natural, como expresión de este descubrimiento, la aparente y quimérica realidad de que este mundo está impregnado de Amor, Compasión y Dicha, que es la naturaleza común de todo lo que existe.

¿Cuál es mi mensaje para ti?

No pierdas el tiempo en disquisiciones de idoneidad sobre el gurú. Investiga y explora tus motivos sin autoengaño.

Observa que nunca dudas de ti mismo.

Cuestiona al dudador.

Esto sólo te desviará del camino correcto. Sintonízate con él si te ha hecho descubrir algo nuevo y relevante en tu caminar.

El tiempo apremia.

Otros ofrecen técnicas de entretenimiento y sé que esta didáctica puede ser correcta para algunos.

Pero si te sientes cansado, agotado de este experimentar constante, no te sientes completo y has perdido la fe y la esperanza… entonces la vía directa es tu Verdad.

 

José María Martínez Gaspar.

Facilitador advaita.

 

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Extracto del Sri Gurú Gita.

Oh Señor! ¿Por qué camino puede un ser humano llegar a ser uno con el Absoluto? ¡Ten compasión de mí, oh Señor! Me arrodillo a Tus pies de loto.

El Señor dijo:

¡Oh Diosa, tu eres Mi propio Ser! Te digo esto por amor, nadie ha hecho jamás esta pregunta, que es un bien para todos.

¡Escucha! Estoy revelando el inescrutable misterio de los tres mundos. El Absoluto no es diferente del Gurú. ¡Esta es la Verdad! ¡Esta es la Verdad! ¡Oh Hermosa!

Los Vedas, otras diversas escrituras, épicas, las ciencias del mantra y el yantra, los Smritis y otros libros, los tratados del Shaiva y el Shakta, y diferentes sectas y dogmas, todo esto solo confunde más a las ya desorientadas criaturas.

Están locos quienes practican sacrificios rituales, votos, penitencias, caridad, japa (repetición del nombre de Dios) y peregrinaciones sin conocer la verdad del Gurú.

El Gurú no es diferente del Ser, de la Conciencia. Más allá de toda duda, Él es la Verdad, la Verdad Absoluta. Por lo tanto, una persona sabia debe seguir a su Gurú.

La Madre Universal reside en un cuerpo en un estado sutil desconocido para nosotros debido al velo de la ignorancia. Ella se revela por Su propia luz a través de las palabras del Gurú.

(Diálogo entre Shiva y Parvati en la última porción del Skanda Purana.)

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José María Martínez Gaspar.

josemartinez9233@gmail.com

 

 

Mirando de cerca a la Muerte.

Mirando de cerca a la Muerte.

Hoy es el día de los difuntos.

Fui caminando al cementerio de mi ciudad. Me apetecía dar un paseo.

Es otoño. El otoño es una estación que invita a la introspección.

El día amenazaba lluvia, aunque el sol parecía jugar aún a rebelarse, a no esconderse definitivamente a su morada de sueño.

Igual que caen las hojas de los árboles, el cuerpo declina y es abandonado al final de nuestros días. Es el otoño del cuerpo. Es el entierro de nuestra mente, con todos sus recuerdos, experiencias y expectativas no cumplidas.

Ver caer las hojas de un árbol, nos recuerda nuestro tiempo de existencia, nuestra caducidad y nuestra evanescente finitud.

Si uno se toma como un individuo, todo esto es muy real. Una persona con una mente limitada, sólo ve el mundo como un espejo de sí misma. Los demás son objetos (sujetos) separados con similar forma física y con mentes modificadas por su entorno cultural, familiar y social. La mente tan sólo puede proyectar aquello que experimenta como propio.

La decadencia del cuerpo es vista como un proceso de destrucción y acercamiento a un final irremediable. Algo inevitable, doloroso y angustioso.

Negar esto es no asumir los hechos. Por muy idealista que uno sea, la sombra de la muerte es la espada de Damocles que pende sobre nuestras cabezas.

Este cementerio que visito es aún un lugar acogedor. Acogedor en el sentido de no parecerse a los modernos espacios silentes fríos y despersonalizados de nueva construcción.

La muerte se desplaza fuera de las urbes. Es la huída hacia adelante, la irreflexiva actitud de una sociedad que vive del pasado y no actualiza su historia.

Es la paradoja del pensamiento que alaba el concepto de familia, pero que olvida a sus antepasados en el basurero del orbe.

Pero este camposanto aún permanece dentro de mi ciudad. Conserva las miles de memorias, con todo su dolor y sufrimiento, de los residentes ya despojados de sus familiares y amigos. Seres humanos que murieron en cruentas guerras, asesinados, niños inocentes que prematuramente dejaron de respirar y personas mayores que sufrieron enfermedades y dolencias inevitables que les acompañaron al final de sus días.

La muerte no conoce edades, ni hace distinciones de clases sociales, ni tan siquiera pregunta a padres, madres o hermanos si dan su conformidad para ser entregados a la Tierra que les vio nacer.

Este manto de pensamientos cubría aquel espacio, donde podía escucharse el silencio de la muerte como gran emperador y guardián de este templo.

Uno no tiene la libertad de elegir su forma de morir, ni su tiempo, ni tan siquiera la manera de abandonar esta existencia. Aquí la ley la marca algo ajeno a la voluntad del ser humano. Este solo puede resignarse, lo cual no es aceptar este evento, sino una manera de sufrir en silencio, de interiorizar el temible dolor de la separación y la imposibilidad de superar la aflicción que crea el apego al fallecido.

En realidad, este dolor es el dolor propio, no reconocido, pero que se expresa inmerecidamente a través de la pérdida de algo que se considera propio y que se desea permanezca en el guión del personaje que añora el recuerdo y no se resigna a la ruptura de esta película vital. Esta lucha entre el recuerdo y el hecho en sí mismo, genera el sufrimiento, la aflicción, acompañada de la añoranza, la tristeza y la pérdida de algo valioso en nuestras vidas.

Hoy el cementerio estaba muy visitado.

Podían verse personas vestidas de negro, sentadas alrededor de las tumbas de mármol, hablando o simplemente discutiendo sobre cuestiones mundanas, intrascendentes.

Esta irreverencia contrasta con el significado profundo de este Vacío que Somos, siempre disponible y que podía escucharse cuando uno es sensible a este dolor humano. Pero el ruido, la conversación intrascendente anegaba el corazón de esas personas, poca dispuestas a entrar en este espacio de no juicio, de arrebatadora metamorfosis de Vida Permanente y Sin Cambio.

Había un muro rodeando el camposanto. Y había un muro en los corazones de todos estos hombres y mujeres que no dejaba pasar la música de este espacio que no conoce fronteras. El hombre pobre con todos sus recuerdos sólo levanta más altura en esta pared de separación entre la Vida y la Muerte.

El hombre rico no aparecería hoy. Mandaría limpiar las tumbas de sus antepasados a alguien que no fuera él mismo, intentando olvidarse en su cómoda vida mundana de la inexorable llegada de la muerte. No mancharía sus manos con el polvo amontonado en las cruces y lápidas, para no mezclarse con el pueblo llano, ajeno a que todos somos uno y lo mismo. Él levanta muros en este mundo con sus juicios y opiniones basadas en su aparente superioridad, olvidando que la muerte le iguala al resto en el final de sus días.

Había flores sobre los nichos. Pero no desprendían el perfume de la flor fresca recién cortada, pues la mayoría estaban hechas de plástico para que permanecieran visibles a los demás. Como un escaparate de vanidades vendrían familias a mirar otras tumbas de otras familias, inspeccionando, comparando y criticando la de los otros, en un intento de rebajar las posibles cualidades del difunto y sus acompañantes. O simplemente, compensando con sus opiniones destructivas, sus carencias vitales y sus faltas, difícilmente expiables dentro de su entorno familiar.

Las flores, las coronas y los ramos de plástico permanecerían  para ser vistos como un signo o demostración de amor hacia el difunto, el cual, posiblemente, no disfrutaría de tantas atenciones en su vida sobre esta tierra.

Es tan compleja la mente humana, que uno no alcanza a comprender a veces los motivos de sus actos. Pero sí sus consecuencias. Permanecer atados al dolor que representa la esclavitud del condicionamiento impuesto.

La verdadera muerte no es conocida por el hombre común, atareado en su rutina diaria, siempre poco dispuesto a entrar a conocerse como lo que es. Él vive de imágenes dispuestas por otros, agregadas al recuerdo y a la memoria.

Verdades indirectas.

Este mundo conceptual de la mente humana es tan frágil, aunque se considere seguro. La única certeza es esta muerte, que no es un final del cuerpo, sino un acompañante permanente agazapado en cada gesto diario. El envés de la Vida, la otra cara de esta manifestación que llamamos Mundo.

Decir Mundo y decir “yo” es hablar una misma cosa. No dos cosas distintas, sino un mismo latido inseparable para el que vive despierto a esta Conciencia.

El ser humano no conoce la verdadera esencia de la Muerte, su belleza, que supera a la de la Vida.

Esta muerte del cuerpo no significa nada, ya que el que habita el cuerpo no sabe de este aparente despojarse de ropaje.

Hay una Muerte. Pero esta Muerte es una comunión con la Vida, con lo ilimitado, con lo Inexpresable. Y todo esto llega cuando se abandona esta noción o concepto de “yo” como centro de percepción del mundo. Aquí, entonces, se derraman lágrimas, pero no de dolor, sino de alegría y contento por este maravilloso descubrimiento, aparentemente oculto pero siempre disponible para un corazón que anhele la Verdad.

Y es como la lluvia del otoño…una bendición sobre los árboles y el manto que cubre esta Tierra maltratada por el hombre, siempre fértil y que continúa confiando en su redención.

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